Este relato se envÃo (en contra de la habitual) antes de la partida. En el se pueden adivinar trozos de acontecimientos que pasarán. En realidad cuando lo escribÃ, como Master, no sabÃa si tendrÃan lugar o no. De hecho fue sorprendente ver con que precisión iban sucediendose las escenas. Creo que todos nos quedamos un poco impresionados a ver como el mundo que habÃamos creado arrastraba a los jugadores y a sus libres voluntades hacia una espiral de la que era difÃcil que escapasen. El único evento que cambió fué la salida de Steiner de Dun Aengus…

- ¡Señor!, su estandarte. PermÃtame portarlo a la batalla. Actuaré como
portaestandarte para vos.
El veterano soldado, con su armadura cubierta de escarcha, lanzó una
honesta mirada. Durante un momento el silencio cayó entre los dos hombres.
Se rompió con el crujir de cinchas y cuero y el tintinear del metal de la
armadura del paladÃn. El caballo piafó y su aliento lanzó una espesa nube
de vapor al aire. Recogiendo el estandarte el teniente volvió a hablar:
- No me separaré de vos y vuestro estandarte ondeará alto y orgulloso.
Tenéis mi palabra. Ahora decid las palabras, los hombres os esperan.
- ¿qué palabras son esas? ?sorprendido el paladÃn miró al hombre
- Ya las sabéis puesto que son vuestras; pronto señor, los hombres os
esperan.
El joven guerrero se enderezó sobre su montura y miró al campo de batalla.
La situación no habÃa mejorado en absoluto y, como se temÃa, habÃa llegado
el momento de la decisión. Recordó las palabras que habÃa oÃdo de la boca
del general Steiner hacÃa no mucho: ?Quiero soldados vivos. Quiero
batallas ganadas. Quiero a esos demonios en su maldita dimensión y a la
gente sonriente y feliz…Y lo peor de todo es que si sois buenos, los
soldados os seguirán y las noches son muy largas cuando uno piensa en la
de hombres que han muerto siguiendo nuestras órdenes.? Ya entonces le
hicieron reflexionar, y hoy más que nunca pesaban sobre sus hombros. La
situación de todas formas no daba lugar para mucha pausa. Era el momento
de actuar.
- ¡Soldados! ?de la boca del paladÃn salieron orgullosas y claras las
palabras que sellaban su destino y el de su unidad ? nada hay en esta vida
por lo que me tengáis que seguir. Ni por juramento, ni por sangre. Ni por
mi, ni siquiera por que es nuestro trabajo. Sólo os pido que me sigáis hoy
¡todos cómo un solo hombre!
- Hacedlo por ellos. Hacerlo por todos los que han trazado una lÃnea y
han dicho ¡no nos moveremos! Unámonos a ellos. ¡En esta vida o en la otra!
A LA CARRRRRRRRRRRRRRGAAAAAAAAAAAAAAAAAA
Los gritos y golpes retumbaban por todo el recinto, a su lado pasaban
soldados con cara de cansados y otros yacÃan diseminados por el suelo,
cubiertos de vendas y sangre.
- Echad pie a tierra. Y jurad conmigo ? El general Steiner esperó a que el
gran guerrero de melena plateada pusiera una rodilla en tierra- Yo Duncan
Silverhead, juro por mi honor y por Tyr, proteger y guardar este
estandarte, con mi vida si fuera necesario…
La voz profunda del paladÃn repetÃa monótonamente, por el cansancio y las
heridas, las palabras. Bajo el resplandor mágico de las luces creadas por
los clérigos del bien, su pelo argentéreo refulgÃa con un extraño brillo.
- Juro usarlo para el bien y nunca mancillar su honor. Juro apoyar la
causa de los desfavorecidos y luchar el mal allá donde se encuentre. Juro
por mi vida, mi honor y mi alma eterna.
- …y mi alma eterna ? ominosas resonaron estas últimas palabras entre
los frÃos muros de Dun AÃ?«ngus.
- Tomad pues el Estandarte de la TrÃada del Bien y llevadlo con la misma
dignidad que vuestros antecesores ? entregando el estandarte el general se
fundió en un fuerte y sonoro abrazo con el gran guerrero.
El viento aullaba por la llanura recorriendo las laderas de la colina,
Valdenoche se sumÃa en una blanca polvareda que cubrÃa piadosamente
cuerpos de amigos y enemigos. Allá abajo múltiples unidades del mal
maniobraban caóticamente sembrando el desconcierto entre las filas
ordenadas de los guerreros. Poco quedaba por hacer y se veÃa claramente.
- … lo siento señor no nos iremos.
- Sargento, no me haga esto ahora ? la voz de Steiner no sonaba dura y
frÃa como cabÃa de esperar, sino al contrario calida y cercana.
- Lo siento señor, no siempre somos dueños de nuestros destinos,
pregúntele a los dioses del por qué de todo esto.
- Los dioses nos dieron por muertos hace mucho sargento. Y nosotros
también nos dimos por muertos mientras luchábamos espalda contra espalda.
- Si señor, pero hoy es diferente. Su misión es más importante que nuestra
vida. El mantenernos firmes les dará una oportunidad. Distraerá fuerzas y
les demostrará que no hay nada fácil…
- Nunca hay nada fácil ? interrumpió una voz que, por vez primera durante
el asedio, sonaba cansada.- os dejaré a Plexor y…
- Permitidme señor ?interrumpió a su vez el veterano sargento- pero
necesitará a todos los recursos disponibles y más que nunca a nuestro mago
de batalla. Mirad la ladera, no os lo podéis permitir. No tiréis la
oportunidad por nosotros. Ya lo hablamos y asà quedó decidido.
- Es increÃble.
- Si señor. Los hombres y yo tenemos una última petición ? la voz del
dragón púrpura sonaba algo agitada y presurosa- además habéis de daros
prisa, hay hueco ahora.
- ¿Cuál es vuestra petición?
- Dadnos la orden de quedarnos señor. No queremos que se diga que
desobedecimos nunca, ni que fuimos rebeldes.
- Lo sóis.
- Con sus respetos, pero no señor.
El viento habÃa depositado finos copos de nieve sobre la pesada armadura
del general. Impasibles los cinco hombres en armaduras púrpuras y con el
distintivo del dragón de Cormyr, permanecÃan ante la destrozada puerta que
daba acceso al torreón principal de Dun A�«ngus, la Fortaleza Negra. Las
sucesivas ráfagas agitaban las capas.
Nada traslucÃan aquellos rostros. Sólo, el rostro de Steiner, y la del
sargento Arcadio se agitaban al hablar, exhalando profundas nubes de
vapor. Detrás de Steiner un mago de batalla cormyriano ? Plexor-
permanecÃa levitando en el aire, observando la situación con rostro grave.
- Bien ?El general Steiner alzó la voz recuperando el trono adecuado y
luchó por vencer la fuerza del viento- ¡Soldados! En el dÃa de hoy,
invierno en la tierra e invierno en mi alma, os ordeno defender los muros
y torreones de Dun A�«ngus. La fortaleza NO debe caer. Aguantaréis la
posición contra cualquier enemigo y sólo la rendiréis ante fuerzas amigas.
Y esto se hará asà ? la voz vaciló un segundo- hasta el último hombre.
¡Dun A�«ngus no se rendirá!
- ¡Dun A�«ngus no se rendirá!, ¡Dun A�«ngus no se rendirá!, ¡Dun A�«ngus no
se rendirá! ? la voz de la escasa tropa sonaba sorprendentemente patética
pese a la fuerza de sus gargantas y la decisión que en ella se entreveÃa.
La escena se aleja, Steiner abraza a cada uno de los soldados y
volviéndose a Plexor le hace una seña y le comenta algo que apenas nadie
oye. El viento va dominando la altura y grandes monstruos combaten en las
laderas de la colina. El rugido de la batalla alcanza su climax. Las
últimas cargas de caballerÃa retumban en Valdenoche, ya convertido en un
sangriento cenagal.
Con un gesto de sorpresa el mago de batalla entrega algo, de color
carmesÃ, al general, que a su vez lo pasa al sargento Arcadio. El rostro
de ambos es de circunstancias. Entre los remolinos de nieve apenas se
alcanza a oir la voz de Plexor- General ahora es nuestro turno, dejarlo
pasar significa la muerte de muchos, vamos por favor.
Sin más vacilaciones Steiner monta sobre el último caballo de guerra y
mirando hacÃa atrás lanza un último vistazo. Luego ya no volverá la mirada
atrás.
Mientras carga colina abajo mantiene en su cerebro la vista del pendón de
guerra imperial Cormyriano. Un viejo pendón, atado improvisadamente a una
lanza, desgarrado en alguna otra antigua batalla.
- ¡GarcÃa, venga aquà hombre! ? pese al esfuerzo por imprimir energÃa a su
voz esta sonó débil y algo cascada ? alcanzadme mi…
- ¡Señor! Nos querréis que os alcance vuestra espada…no tenéis fuerza
para enfrentaros al prÃncipe Negro.
- No GarcÃa, pasadme una bota de vino. Que no se diga que morà con miedo.
- Moriréis como todos barón y casi todos temen la muerte ? la voz del
prÃncipe Trommel resonó dura y lejana.
- Lo sé, pero si ha de ser ante vos, antes brindaré por ello. A punto
estuve de morir en peores circunstancias…como aquel catarro en las
Tierras Pétreas ¿lo recordáis GarcÃa?
- Ehmm señor, tal vez no sea el momento de ello. Pero si que lo recuerdo.
Vino orco, caliente, especiado y aguardiente enano en una proporción de
tres a uno. Dos semanas; pensé que os iba a matar la cura más que la
enfermedad.
- Aquello si que era una mala forma de morir.
- Las hay peores creedme
- No lo dudo señor Tenebroso, ¿u Oscuro? Me tendréis que disculpar mi
falta de protocolo para seres como vos. No tengo costumbre.
- Tal vez hoy aprendáis a conocerme mejor y a obedecerme.
Acabando un largo trago de vino y cerrando cuidadosamente la bota de cuero
el barón de Mencia endureció la voz ? Ahora si sargento GarcÃa, dadme mi
espada. Y ayudadme a que me incorpore.
- De nada servirá vuestra ayuda.
(las fotos son de http://jdillon.net/ un artista cojonudo)